domingo, 30 de agosto de 2015

"Narcisos" de Horacio Serrano

NARCISOS
“¿Qué es el infierno?” pregunta Dostoievsky. El responde: “El infierno es el dolor de no poder amar”. Y amar es en sus escritos el don simultáneo de dar y recibir. No se da el amor sin recibir ni se recibe sin dar. Al infierno de que habla el escritor ruso están condenados los vanidosos que rehúsan recibir y los satisfechos que no quieren dar. Entre ellos, en forma destacada, figuran los narcisistas.
No es el narciso un tiempo nuevo, producto de la civilización industrial; pertenece a la mitología griega, ese conjunto de arquetipos que se hacen más luminosos mientras más tiempo transcurre. Una ninfa, Eco, tenía buenas razones para que la diosa Hera estuviera celosa, Eco era bella y “hablaba demasiado con Zeus”. Entonces la diosa la privó de la voz y así ella no pudo más tarde manifestar a Narciso su amor en la forma que él deseaba. La ninfa murió de pena. Entonces él fue condenado por su torpeza a no amar nunca, a nadie, sino a sí mismo. Una vez Narciso vio a su figura reflejada en una fuente y literalmente, murió de amor. Los dioses, piadosos, convirtieron su cuerpo en la flor que lleva su nombre. Eco no no pudo entregarse, él tampoco.


Narciso viste hoy variados disfraces, desde el vanidoso que en su prepotencia nada da, hasta el tímido que ante el temor del rechazo, no da nada.
Alban Berg, uno de los maestros de la moderna música atonal --la de modelación continuada que produce sensación, de inestabilidad—ha creado en su ópera “Lulú” un acabado retrato del narcisismo femenino. Un pintor enamorado de ella le pregunta: “Lulú ¿puedes decir la verdad? ¿Crees en el Creador? ¿Crees en el amor, en el placer, en el dolor? ¿En qué crees?”. Responde ella: “No sé”. Se mira al espejo y en un vértigo de amor por sí misma exclama: “Quisiera ser un hombre para que él me hiciera el amor”.
El narcisismo no es un trastorno de la personalidad que causa tensiones y conflictos internos en la afirmación del yo, sino una psicosis motivada por procesos morbosos. De ahí la dificultad de curar al narciso que, en la imposibilidad de amar, está también en la imposibilidad de transferir al terapista su mal para que éste lo alivie.
No debe creerse que el narcisismo es un hecho teórico y que no es de “estas tierras”. No. Es de ahora y de aquí. Su flor, el narciso, adorna profusamente las entrevistas de prensa, radio y televisión, habla él, transportado de felicidad:-- Yo… yo… yo.
¿No es ése el infierno a que se refiere Dostoievsky?


HORACIO SERRANO


Tomado de Diario El Tarapacá, año LXXXII, número 25.926. Sábado 25 de Octubre, 1975. En portada.

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