NARCISOS
“¿Qué es el infierno?” pregunta Dostoievsky. El responde:
“El infierno es el dolor de no poder amar”. Y amar es en sus escritos el don
simultáneo de dar y recibir. No se da el amor sin recibir ni se recibe sin dar.
Al infierno de que habla el escritor ruso están condenados los vanidosos que
rehúsan recibir y los satisfechos que no quieren dar. Entre ellos, en forma
destacada, figuran los narcisistas.
No es el narciso un tiempo nuevo, producto de la
civilización industrial; pertenece a la mitología griega, ese conjunto de
arquetipos que se hacen más luminosos mientras más tiempo transcurre. Una
ninfa, Eco, tenía buenas razones para que la diosa Hera estuviera celosa, Eco
era bella y “hablaba demasiado con Zeus”. Entonces la diosa la privó de la voz
y así ella no pudo más tarde manifestar a Narciso su amor en la forma que él
deseaba. La ninfa murió de pena. Entonces él fue condenado por su torpeza a no
amar nunca, a nadie, sino a sí mismo. Una vez Narciso vio a su figura reflejada
en una fuente y literalmente, murió de amor. Los dioses, piadosos, convirtieron
su cuerpo en la flor que lleva su nombre. Eco no no pudo entregarse, él
tampoco.
Narciso viste hoy variados disfraces, desde el vanidoso que
en su prepotencia nada da, hasta el tímido que ante el temor del rechazo, no da
nada.
Alban Berg, uno de los maestros de la moderna música atonal
--la de modelación continuada que produce sensación, de inestabilidad—ha creado
en su ópera “Lulú” un acabado retrato del narcisismo femenino. Un pintor
enamorado de ella le pregunta: “Lulú ¿puedes decir la verdad? ¿Crees en el
Creador? ¿Crees en el amor, en el placer, en el dolor? ¿En qué crees?”.
Responde ella: “No sé”. Se mira al espejo y en un vértigo de amor por sí misma
exclama: “Quisiera ser un hombre para que él me hiciera el amor”.
El narcisismo no es un trastorno de la personalidad que
causa tensiones y conflictos internos en la afirmación del yo, sino una
psicosis motivada por procesos morbosos. De ahí la dificultad de curar al
narciso que, en la imposibilidad de amar, está también en la imposibilidad de
transferir al terapista su mal para que éste lo alivie.
No debe creerse que el narcisismo es un hecho teórico y que
no es de “estas tierras”. No. Es de ahora y de aquí. Su flor, el narciso, adorna
profusamente las entrevistas de prensa, radio y televisión, habla él,
transportado de felicidad:-- Yo… yo… yo.
¿No es ése el infierno a que se refiere Dostoievsky?
HORACIO SERRANO
Tomado de Diario El Tarapacá, año LXXXII, número 25.926. Sábado 25 de Octubre, 1975. En portada.

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